Gallardón

Con el dedo pulgar situado en el lugar teórico del ombligo y la palma de la mano completamente extendida, adoctrinaba a sus educandos diciendo que las ambiciones en la vida del hombre adulto se limitaban al palmo que alcanzaba la rotación de la mano: la comida abundante, incluso obscena (con la palma cubriendo el estómago), el dinero (y el meñique señalaba cualquiera de los bolsillos) y el sexo (con los cuatro dedos sobre la sotana a la previsible altura de sus genitales) A eso se limitaban, decía, las ambiciones del hombre moderno; ni cultura, ni sensibilidad artística ni cuentos chinos, sino gula, codicia y lujuria, que no dejaban de ser vicios privados, recordaba.
Con una ojeada de milisegundos a nuestra historia, la gula no se ha considerado vicio, sino milagro, en un país de grandes hambrunas, en el que solamente los ricos y algún emperador llegaban a sufrir la tortura de la gota como máxima expresión del apetito desatado. Más estrictos se ha sido con administradores corruptos, estafadores, ladrones del erario público y demás gentuza, a los que si no les ha llegado a tiempo el peso de la ley ha sido siempre por nuestro precario sistema de justicia, la debilidad de nuestra nervadura social o por tratarse de corrupción urbanística que se va siempre de rositas. En cuanto al sexo, es otra historia.
En otros países europeos los mayores deslices de los políticos se refieren al terreno sexual: una amante despechada, unas fotos del interfecto travestido con corsé y ligueros, una orgía aireada, un hijo secreto En fin, situaciones que en España se han despachado siempre con un comadreo de misa mayor y santas pascuas. Si se revisaran las biografías oficiales de los políticos de la Transición parecerían todos arcángeles sin tacha por esa norma no escrita por la que los temas de la bragueta (el palmo inferior) quedan fuera del debate político (porque todos somos humanos y no vamos a terminar hundiendo un matrimonio, etc., etc.)
Y en éstas llegó el casi clandestino candidato socialista al Ayuntamiento de Madrid, Miguel Sebastián, cargando contra el alcalde del PP, Alberto Ruiz-Gallardón, que junto a las cualidades ya señaladas ha conseguido hacer navegable Madrid por todos los nuevos túneles de la M-30 tras la descarga de cada tormenta. Con una foto de la imputada en la Operación Malaya y presunta testaferro del cartagenero Roca, Montserrat Corulla, preguntó en tres ocasiones si había tenido alguna relación con algún implicado que hubiera afectado al buen gobierno de la ciudad.

Quizás las formas no fueron buenas y un clamor de indignación se levantó en apoyo del indignadísimo alcalde en funciones pese a que ese mismo rumor había corrido de boca en boca desde que se destapó la Malaya y la venta del palacio de Villagonzalo para convertirlo en un hotel. El regidor prefirió escudarse en el tema personal (y por tanto, no hurgue, no maltrate mi vida familiar ) con el agravante de que en el ambiente quedó la sensación de que algo estrictamente personal debió de haber entre el alcalde y la hermosa joven imputada.
Pero una vez colmado de insultos el aspirante socialista, no sería descabellado debatir en algún momento si una especial amistad de un cargo público puede llegar a inclinarle por facilitar la actividad profesional (en este caso, inmobiliaria) de la otra persona. O no.
La Audiencia de Sevilla acaba de señalar una indemnización de 120.000 euros para Vicky Martín Berrocal a expensas de una tal Aida Nízar por sus acusaciones lanzadas desde el Tomate. Según la sentencia, las relaciones personales de la agraviada «no tienen interés general relevante por muy famosa que sea esa persona, salvo que esas relaciones estén afectando o tengan consecuencias para el interés colectivo por tratarse de personas que gestionen asuntos públicos» (la cursiva es mía).
Y claro, aquí viene el problema, porque siendo bueno despojarse de indignaciones hipócritas y debatir lo debatible, visto cómo se las gastan los tomateros, los salseros rosas, los termiteros blancos y demás expertos en vísceras, la vía libre a la caza de la bragueta y la cremallera de los políticos podría conducir a un enorme despelote. Así que ¿señor Sebastián!: no hurgue más, por favor, y hablemos de Batasuna.



